
Aunque la receta de las chapatas ya está publicada, y las modificaciones son lígeras no es más que una excusa para escribiros.
Sí, me siento abrumada, contenta y sorprendida por todos los correos que he recibido en este "parón" obligatorio.
Mi super jefe me ha dado la mañana libre para limpiar mi casa ( es que eso de ser mujer no está pagado, porque lo de libre... vamos a dejarlo ahí). Y yo he querido desayunar en mi terraza( después de limpiarla claro) mirando el mar y disfrutando de la paz que no he disfrutado en todo el verano. Pero ya veis eso hace que ahora lo aprecie mucho más.
Estas chapatas son diferentes a la receta original de Boston,que os acompaño, en que tiene un poco más de levadura y un poco más de agua. Como resultado ha salido algo muy parecido a un mollete de Antequera ( o de Alameda que visto lo visto están casi más ricos).
Hoy voy a dedicarle mi receta a alguien que fue muy importante para mí. Durante seis largos años fuimos amigos, compañeros de facultad, complices, amantes y sobre todo pareja. Ayer me dijeron que acaba de perder su bebe y no pasaba un buen momento. Sé que este blog donde siempre ocurren milagros, le hará llegar mi ánimo ( y sino Paqui, has tú el milagro).
Hace ya muchos años de esta historia, pero nunca la olvidaré igual que todos sus protagonistas.
Eramos un grupo de amigos,que en agosto decidió, con nuestro espíritu aventurero, hacer senderismo por la sierra de Grazalema. Tres parejas, de las cuales hoy solo queda el recuerdo ( y la amistad por supuesto).
Paqui, mi mejor amiga, era prima de Antonio, mi ex novio. Y eso me daba la suerte de llevar el paquete entero de vacaciones. Nosotras lo preparábamos todo entre risas y búsquedas interminables de ofertas y casas de alquiler.
Seis personas en una oficina de información( es un dato importante que fuéramos seis, porque los seis no pudimos entender mal). La amable chica,de la cual nos acordaremos toda la vida, nos dio el mapa de una ruta, de nivel bajo, nos dijo , 20 minutos ida, 20 minutos vuelta. El salto del cabrero...no olvidaré nunca el nombre.
Agosto a las cuatro de la tarde. Seis personas y ...dos botellas de agua de un litro y medio. Suficiente para un paseo de 40 minutos. O quizás menos, estábamos muy acosturmbrado a andar por el campo, a hacer senderismo y contábamos con la orientación de Antonio, que no se perdía nunca.
A la hora de caminar, ya se nos había acabado el agua. Y no veíamos ni al cabrero ni el salto.
A las dos horas nos paramos en asamblea general. Seguir andando era ...una locura, lo mejor era volver.
Pero Antonio y yo, después de tanto camino queríamos ver el salto, la cabra y la madre que los trajo al mundo a los dos. Y seguimos caminando. los demás se quedaron bajo la sombra de un árbol descansando.
Por fin llegamos. Tres horas menos cuarto.
Cuando llegamos, nuestros amigos estaban descansando. Pero se unieron a la fiesta unas pocas amigas con las que no contábamos.
Hubo un momento que no me veía las manos. Tenía tantas moscas pegadas que aunque las agitaba, no se iban.
En un momento de desesperación, entre la desidratación y las moscas que empezaban a comerme, le pedí a mis amigos que me dejaran morir en paz. Moriría en el campo, rodeada de gente ( bueno de moscas). Literalmente no me quedaban fuerzas. Ya no.
Pero mi amiga Paqui, pegando una patada a mi dramatismo, me sacó de mi estupor, siempre ha tenido mucha fuerza y más determinación que yo, no me dejó morir en aquel campo, alegando que le hacía mucha más falta de lo que yo suponía. Y arrastra, moribunda, me llevaron ( a mí a las quinientas moscas)
Cuando a ellos ya no les queda fuerzas, vieron una casa ( yo ya prácticamente ni veía). Y nos acercamos a pedir ayuda. Básicamente agua. Y salió un señor, que nos ofreció su botijo.
El señor era pa verlo. Tenía mas concentración de manchas de las que hubiese podido ver en toda mi vida junta.
Y el botijo. Una estampa que no olvidaré mientras viva.
Con deciros que con la sed, la muerte en mis talones, dudaba si beber o no. Estaréis pensando muchacha, no tendrías tanta sed. Evidentemente lo pensáis porque no visteis el botijo de aquel señor.
Porque era como debatir morir de sed o morir de muerte por alguna de las mil quinientas infecciones estomacales que podía contagiarte. Yo creo que supimos que era un botijo porque éll nos lo dijo...
Justo cuando me tocaba a mi( no es que mis amigos no me lo ofrecieran antes, solo intentaba recobrar fuerzas para primero agarrarlo y después beber) el buen señor nos dice que él lo llena ahí en un pequeño arroyo de agua corriente.
Entonces me di cuenta que la fortuna estaba de mi parte.
Y todos al arroyo. A beber aguita fresca. Ala...
Hasta aquí podía ser una historia divertida. Y nada más. Pero...
Al día siguiente, empecé a encontrarme mal. Paqui estaba mal. Y los demás estaban en urgencias. Dos estaban hospitalizados.
Nos hicieron cuestionarios sobre lo que habíamos comido. Pero...no coincidíamos en nada. Yo no como carne y no puedo tomar leche ni derivados, así que el único factor común que teníamos era el pan y el agua.
Por lo que los médicos, sabios hombres, nos dijeron que ese agua tan fresca, tan buena y con aquel sabor tan rico... no era muy amiga nuestra.
Después con los años, hemos aprendido la lección. No caminar en agosto. No ir de ruta sin agua. Y no beber agua de cualquier parte.
No esta mal... ¿no?

Para dar la forma a las chapatitas y que queden tan cuadraditas, he utilizado una regla del cole. Ya puestos a limpiar he limpiado hasta las reglas. Es curioso porque al ponerlas de forma lateral y cortalas con ella me han quedado así.
Ingredientes:
Ingredientes masa madre:
170 gr. harina de fuerza
125 ml. agua mineral (templada)
12 gramos de levadura fresca
Ingredientes masa pan:
230 gr. harina de fuerza
170 ml. agua mineral (templada)
12 gramos de . levadura fresca
10 gr. sal
30 ml. aceite de oliva Virgen extra
Preparación:
Preparación masa madre:
La noche anterior verter en un bol el agua templada junto con la levadura y la harina amasar con las manos. Tapar con papel film y dejar a temperatura ambiente de 12 a 15 horas.
Verter en el vaso , la masa madre, el agua, la levadura, el aceite, la harina y encima de todo la sal. Programar 30 segundos, velocidad 6 y seguidamente 5 minutos a velocidad ESPIGA.
Luego he dejado levar la masa como dos horas dentro del vaso.
Después la he cogido con un poco de harina y la he puesto en una bandeja con forma alargada y con una regla he ido dando la forma de barra larga y aplanada.
Luego con la misma regla he cortado porciones.
Es díficil de manejar. Pero si le echamos más harina no nos quedará sueve y crujiente.
Luego las he metido en el horno a docientos grados hasta que han estado doraditas.
He metido dentro un cuenco con agua, para que el vapor de esta agua las ponga crujientes.
Luego las he rellenado de aceite de oliva, tomate y jamón serrano.
Pa comerse 4. No me siento nada culpable de ello ( eran chiquitas eh...)